lunes, 28 de marzo de 2011

El pan

El dolor de cabeza se pasa, o pretendes que no te duele, o simplemente te echas algo al buche. 
Llegas cansada, mentalmente. Con el estómago vacío, ya que la puta hora en que entras es casi, mejor dicho, es la hora del almuerzo. Caminas a casa, el trayecto es corto, pero se te hace infinito. Esa terrible espera se alarga, como caminar en una escalera automatica en dirección contraria. Mientras mas caminas, no avanzas. Cruzas la calle, compras unos panes, jamón y queso. Te enfrentas al pequeño semáforo de peatones, esperando con otros fulanos, el verde. Ves pasar los autos, y detienes la mirada, fijamente en el monito rojo, suponiendo que con la mente lo cambiaras de color. Sigues su juego, y esperas.
La verde, por fin, la verde. Cruzas la calle, caminas con el palpito en tu cabeza, como si tu corazón estuviera ocupando el lugar de tu cerebro. Metes la llave, la giras dos veces para sacarle el cerrojo. Entras, pensando que te robaron todo por haber dejado la ventana abierta, pero no, todo esta en orden. Dejas todo tirado en el sillón, y te preparas un pan. Pones el hervidor con un poco de agua. Lo esperas, ya no aguantas más.
Te haces un té con dos de azúcar, sacas la ropa húmeda que esta en la silla, te sientas y comienzas a comer, y es ahi cuando te das cuenta que un simple y humilde pan vale la pena.